El mundo empresarial está viviendo un momento de grandes cambios, que van más allá de la globalización y la adaptación al mundo digital. La principal evolución se está produciendo en la forma de pensar y de ser de la organización, con su consiguiente traslación en sus estrategias, políticas y maneras de actuar.

La sostenibilidad y la responsabilidad social han dejado de ser una herramienta más de relación con el entorno de la organización para consolidarse como eje vertebrador de toda la estrategia de negocio y vinculación con los diferentes grupos de interés. Ser responsable y sostenible no es una opción, sino una prioridad para aquellas entidades que buscan ser más eficientes y competitivas, sin importar el sector, el producto o servicio ofertado ni el tamaño.

Sin duda, las grandes instituciones y organismos internacionales y las mayores corporaciones han sido una palanca básica para dar este salto. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la Agenda 2030, el Acuerdo de París o las sucesivas directivas que han sido aprobadas en la Unión Europea han permitido plasmar en documentos y normas principios y líneas de acción que sirven como guía común para Gobiernos y empresas. Pero la responsabilidad de su aplicación recae sobre cada uno de estos actores, que ejercerá, a su vez, de tractor o impulsor del cambio en aquellas entidades con las que interacciona.

Muchas empresas llevan años trabajando en esta línea, aunque, muchas veces, sin ponerlo en valor. Si miramos a nuestro alrededor, podemos ver multitud de compañías que, desde sus orígenes, han aplicado políticas de responsabilidad social. Lo hacían de una forma intuitiva, por compromiso con su personal, con su entorno, sin formalismos, nombres ni estructura interna específicamente dedicada a su desarrollo. Faltaba la visión estratégica, lo que conllevaba, en muchas ocasiones, que se convirtiese en un elemento prescindible, sujeto a vaivenes en función de quién estuviese al frente de la dirección o tuviese la propiedad de la firma.

La crisis marcó un antes y un después, y no solo por los movimientos de los grandes actores, antes mencionados, sino por la presión o impulso de un elemento clave para cualquier empresa: el usuario o consumidor de los bienes y servicios. Si bien durante los primeros años de la grave recesión se produjeron, en general, importantes recortes en los recursos destinados a estrategias y acciones de responsabilidad social, la constatación de la confluencia de lo que los expertos llamaron “crisis de valores” provocó el efecto contrario: la creciente concienciación y sensibilización, la formación e información –gracias, entre otros factores, a los nuevos canales de comunicación y redes sociales- y un espíritu crítico que lleva a ‘premiar’ a las organizaciones con comportamientos responsables y éticos y a ‘penalizar’ las malas prácticas.

La reputación se ha convertido en el activo intangible más importante.

Integrar la responsabilidad social y la sostenibilidad en la estrategia de la organización redunda en una mejora de la relación con todos los grupos de interés y en la identificación y gestión de riesgos. La entidad que no dé pasos firmes e innove en este camino, verá cómo sus competidoras la dejarán pronto atrás.

Compartir experiencias, buenas prácticas y las lecciones aprendidas hasta llegar a ellas son herramientas que pueden ayudar a dar pasos seguros en la dirección deseada. Para facilitar y acompañar a las entidades de la Comunitat Valenciana en este proceso, el Club de Empresas Responsables y Sostenibles (CE/R+S) se concibió como punto de encuentro, motivación e impulso de la responsabilidad social y la sostenibilidad.

Los retos y los desafíos son grandes, pero, sobre todo, lo son las oportunidades, y la empresa de la Comunitat Valenciana tiene que aprovecharlas y convertirse en referente, como ha sabido serlo en otros momentos clave de cambio económico y social.